El Día de los Muertos es una de esas fiestas que casi todo el mundo reconoce a simple vista, aunque pocos saben lo que hay detrás de cada detalle. En México, los días 1 y 2 de noviembre no se viven con tristeza, sino como un reencuentro. Se cree que las almas de los que ya no están vuelven por unas horas a casa, y la familia las recibe como se recibe a cualquier invitado querido: con su comida favorita, música y mucha buena conversación.
La celebración es tan especial que la UNESCO la incluyó en su lista de Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. En el pasado ya os hablamos de las tradiciones de Todos los Santos en España, y esta vez en Spin Genie cruzamos el charco para contaros algunas curiosidades que seguramente no conocíais.
No es el Halloween mexicano
Es la confusión más habitual y tiene su lógica, porque las fechas coinciden y las calaveras aparecen en ambas fiestas, pero el origen no tiene nada que ver. Halloween viene del Samhain celta, mientras que el Día de los Muertos mezcla rituales prehispánicos con las festividades católicas que llegaron con los españoles.
Además, no se trata de un solo día. Tradicionalmente, el 1 de noviembre está dedicado a los niños fallecidos, a los que se llama cariñosamente “angelitos”, y el 2 de noviembre a los adultos. En algunas regiones el calendario empieza incluso antes, con fechas reservadas para quienes murieron de forma repentina.
La flor de cempasúchil marca el camino a casa
Si hay un color que define esta fiesta, es el naranja intenso del cempasúchil. Su nombre viene del náhuatl y significa algo así como “veinte flores”, por la cantidad de pétalos que tiene cada una.
No está en los altares solo por decoración. Según la tradición, su color y su aroma ayudan a las almas a orientarse, y por eso muchas familias esparcen pétalos desde la puerta de la calle hasta el altar, dibujando un pequeño sendero. Una especie de GPS espiritual para que nadie se pierda por el camino.
La Catrina nació como una crítica social
Hoy es el gran icono del Día de los Muertos, pero sus inicios fueron bastante menos glamurosos. A principios del siglo XX, el grabador José Guadalupe Posada dibujó una calavera con un sombrero elegante a la que llamó “La Calavera Garbancera”. Era una burla hacia quienes renegaban de sus raíces indígenas y querían aparentar un estilo de vida europeo.
El nombre de Catrina llegó décadas después, de la mano del pintor Diego Rivera, que la incluyó en uno de sus murales más famosos vestida de gala. Desde entonces se ha convertido en un símbolo con un mensaje bastante claro: ante la muerte, todos somos iguales, lleves el sombrero que lleves.
El pan de muerto esconde un esqueleto
El pan de muerto es el dulce estrella de estas fechas y, aunque a primera vista parece un bollo cualquiera, no lo es. Las tiras que lo cruzan por encima representan los huesos; la bolita del centro simboliza el cráneo y su forma redonda hace referencia al ciclo de la vida y la muerte.
Hay tantas versiones como regiones, pero lo que no cambia es la costumbre de dejar una pieza en el altar para el difunto y compartir el resto con la familia.
Las calaveritas literarias
Esta es, probablemente, la tradición más divertida y la menos conocida fuera de México. Las calaveritas literarias son pequeños poemas en rima en los que se imagina la muerte de alguien que sigue muy vivo, normalmente con mucho humor y algo de ironía.
Nacieron en el siglo XIX como una forma de criticar a políticos y personajes públicos sin que la censura pudiera hacer gran cosa. Hoy se escriben en los colegios, en el trabajo, en los periódicos y entre amigos. Que te dediquen una no es un mal augurio, sino casi un halago, ya que significa que eres lo bastante conocido como para que alguien se ría contigo.
El gran desfile de Ciudad de México salió de una película
Muchos turistas viajan a la capital mexicana para ver el espectacular desfile del Día de los Muertos, con carrozas, Catrinas gigantes y muchas personas maquilladas. Lo curioso es que no existía hasta 2016.
La idea surgió después del estreno de Spectre, la película de James Bond de 2015, que arrancaba precisamente con un enorme desfile de calaveras por las calles de la ciudad. Aquella escena fue pura ficción, pero gustó tanto que las autoridades decidieron hacerla realidad al año siguiente. Hoy es una cita fija en el calendario y una de las imágenes más reconocibles de la fiesta.








