Hay sitios que frecuentamos tanto que dejamos de verlos de verdad y la playa es uno de ellos. Toalla, crema, música, exceso de sal, buena compañía y mucho sol. Pero la próxima vez que estés mirando al horizonte con el agua hasta las rodillas, igual te viene bien saber esto que te mostramos en Spin Genie y reflexionar sobre ello.
La arena blanca que pisas pueden ser las heces de un pez
Sí, lo que has leído en el titular. En muchas playas tropicales, la arena blanca y fina que tan bonita queda en las fotos tiene un origen bastante particular. El pez loro, conocido en inglés como parrotfish, se alimenta de corales muertos, los mastica con su pico y los expulsa en forma de polvo blanquecino.
Se calcula que un solo pez loro puede producir varios cientos de kilos de arena al año de esta manera. Así que si alguna vez has pisado una playa del Caribe o de las Maldivas y has pensado en lo fina que es la arena, probablemente sea porque estés ante las heces de este pez.
La arena no siempre es amarilla
Damos por hecho que la arena es beige tirando a dorado, pero hay playas en el mundo con arenas negras, verdes, rojas y hasta rosas. Cada color tiene una explicación geológica. La arena negra viene de la erosión de rocas basálticas volcánicas, como en Islandia, Hawái o La Reunión. La verde, de cristales de olivino, un mineral que se forma en erupciones volcánicas. Y la rosa, uno de los colores más llamativos, se debe a los foraminíferos, que son unos microorganismos marinos con caparazón rojizo cuyos restos se mezclan con la arena al morir. Playas así las hay en las Bahamas, en Cerdeña o en Creta.
Lo que determina el color de una playa es básicamente la geología del lugar donde está, siendo determinantes el tipo de roca, la actividad volcánica, los arrecifes cercanos.
Hay casi más granos de arena en las playas que estrellas en el universo
Es uno de los datos que más cuesta procesar y razonar. Se estima que el número total de granos de arena en todas las playas del mundo ronda los cuatro trillones de trillones (un cuatro seguido de veintiún ceros).
No obstante, el número de estrellas en el universo observable se sitúa en torno a diez veces más que eso. En otras palabras, las estrellas ganan, pero por poco, y la comparación da idea de lo absolutamente descomunal que es el simple hecho de estar en una playa mirando al mar.
Solo conocemos aproximadamente el 10% del fondo marino
El mar cubre más del 70% de la superficie de la Tierra. La profundidad media ronda los 4.000 metros, y el punto más profundo conocido, la Fosa de las Marianas en el Pacífico, supera los 11.000 metros. Pues bien, a pesar de todo el tiempo que llevamos navegando y estudiándolo, se calcula que apenas hemos explorado en torno al 10% del fondo marino.
Esto quiere decir que el restante 90% sigue siendo territorio desconocido. Cada expedición al fondo del océano encuentra nuevas especies que no estaban catalogadas. Por ponerlo en perspectiva, en la Tierra sabemos más de la superficie de la Luna que del fondo del mar que tenemos en toda la costa del planeta.
El agua del mar puede ser buena para el sistema inmunológico
No es solo una sensación, sino que hay una evidencia científica detrás. La Universidad de Alicante concluyó en un estudio que el agua del mar estimula el sistema inmunológico de las personas, activando las defensas frente a los virus y las bacterias. De hecho, el agua marina es un ingrediente habitual en los medicamentos y forma parte de terapias como la talasoterapia, que lleva siglos usándose en medicina y que trata de usar elementos del mar, para ayudar a relajar el cuerpo, mejorar la circulación y calmar dolores en los huesos y músculos.
No es ninguna casualidad que las personas se sientan bien después de pasar un día en la playa, bañándose en el mar. El agua de la playa tiene muchas propiedades que ayudan al cuerpo a sanar algunas partes.









